La bestia.

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Entré, esquivando el chaparrón que barría la calle, y crucé una mirada y una sonrisa con miss Blanck, en el bar de Las Tres Cornejas. Se efec tuó aquel cruce con estricto decoro. Asusta pen sar que miss Blanck, si vive todavía, habrá ya traspuesto los sesenta. ¡Cómo vuela el tiempo! Al verme mirar caviloso hacia el tabique de madera barnizada y hacia los cristales, miss Blanck fue tan amable que me dijo, animándome:

–En el salón sólo están míster Jermyn y míster Stonor, y otro señor a quien nunca he visto.
Me dirigí hacia la puerta. Una voz que perora ba del otro lado –el tabique era de tablas ensam bladas se elevó tanto, que las palabras finales se oyeron perfectamente claras, en todo su ho rror:

–Ese sujeto, Wilmot, la estrelló materialmen te los sesos, ¡y bien hecho que estuvo!
Aquella declaración inhumana ni siquiera lo gró –puesto que no había en ella nada que fuera blasfemo ni indecoroso– contener el ligero bos tezo que miss Blanck trataba de ocultar con la mano. Y se quedó abstraída, mirando a las vidrie ras por las que se deslizaba la lluvia. Cuando abrí la puerta del salón la voz prosi guió con la misma entonación cruel:

–Me alegré al oír que, por fin, alguien ha bía acabado con ella. Lo sentí mucho, sin em bargo, por el pobre Wilmot. El infeliz y yo fui mos compinches en un tiempo. Por supuesto que aquello fue su fin. Era un caso claro como hay pocos. No había salida posible. Absolutamente ninguna»

La voz pertenecía al señor a quien miss Blanck no había visto nunca. Estaba espatarrado con las piernas tendidas sobre el ruedo de la chimenea. Jermyn, echado hacia adelante, sostenía un pa ñuelo extendido ante el fuego. Volvió la mirada melancólicamente y, al sentarse detrás de una de las mesitas de madera, le saludé con la cabeza. Al otro lado de la chimenea, imponente en su calma y en su tamaño, estaba sentado míster Stonor, embutido con gran dificultad en una am plia poltrona Windsor. No había nada que fue se pequeño en toda su persona, a no ser unas patillas cortas y blancas. Varas y varas de fino paño azul –a las que se había dado la forma de un gabán– reposaban en una silla a su lado; y sin duda acababa de pilotar hasta el puerto algún buque de línea, porque otra silla crujía bajo la pesadumbre de un impermeable negro, de triple tela encerada y con pespuntes dobles en toda su extensión. Una maleta de mano, de tamaño corriente, parecía un juguete de niño puesto en el suelo junto a sus pies.

A él no le saludé. Era demasiado enorme para ser saludado en aquel salón. Su profesión era la de práctico mayor en el puerto de Trinity, y sólo en los meses de verano condescendía en tomar su turno en la escampavía para desempeñar su oficio. Más de una vez había pilotado los yates reales para entrar o salir de Port Victoria. Por otra parte es inútil reverenciar a un monumento y él en verdad lo parecía. No hablaba, no se mo vía, no gesticulaba; allí estaba sentado, erguida la vetusta y hermosa cabeza, inmóvil y casi de masiado vasta para parecer la de un ser vivien te; era de una increíble belleza. La presencia de míster Stonor reducía al mísero vejestorio de Jermyn a un mero pingajo; y hacía del locuaz desconocido con el traje de mezcla de lana, un adolescente absurdo. Este último debía de ha ber cumplido los treinta y no pertenecía cierta mente a esa clase de individuos que se sienten avergonzados oyendo el timbre de su propia voz, porque me metió en el corro, por decirlo así, con una mirada amistosa, y prosiguió imperté rrito su charla.

–Me alegré cuando lo oí –repitió con énfa sis–. A ustedes les sorprenderá, pero es porque no les han pasado las cosas que a mí me ocurrie ron con ella. Créanme, fue de esas cosas que uno no olvida jamás. Por supuesto que yo salvé mi pellejo, como ustedes ven; aunque ella hizo lo que pudo para acabar conmigo. A punto estuvo de llevar a un manicomio al hombre más cabal que ha andado por el mundo. ¿Qué me dicen de eso?, ¿eh?

Ni el temblor de un párpado se dejó ver en la enorme faz de míster Stonor. ¡Monumental! El que hablaba clavó sus ojos en los míos.

–Solía ponérseme carne de gallina sólo de pensar que andaba suelta por el mundo asesinan do gente.
Jermyn acercó un poco más el pañuelo a la lumbre y gimió. Era una costumbre natural en él.
–La vi una vez –manifestó con fúnebre im pasibilidad–. Tenía una casa...
El desconocido del traje de mezcla de lana se volvió para mirarle, sorprendido.
–Tenía tres casas –rectificó con autoridad.
Pero Jermyn no estaba para contradicciones.
–Tenía una casa, digo –insistió con triste obstinación–. Una casa grande, fea, blanca. Po día uno verla a millas de distancia, destacándose.
–Cierto –asintió el otro sin dificultad–. Era un capricho del viejo Colchester, aunque siem pre estaba amenazando con abandonarla. Ya no podía resistir más, decía; era una carga para él; estaba ya harto; iba a acabar de una vez, si logra ba echar mano a otra... y así por el estilo. Yo creo que la hubiera dejado; pero –y quizá esto les sorprenda– su señora no quería oír hablar de ello. Tiene gracia, ¿eh? Pero con las mujeres nun ca se sabe cómo van a tomarse las cosas, y la señora Colchester, que era bigotuda y cejijunta, se las daba de tener el temple y el tesón que se les atribuye a las que son así. Llevaba un vestido de seda obscuro y una gran cadena de oro al cuello, que le golpeaba el pecho; y había que oírla soltar como una dentellada lo de «¡Habladurías!» o «¡Simplezas y cuentos!» Y era, según creo, que había echado bien la cuenta de lo que le convenía. No tenían hijos, y no habían llegado a poner casa en ninguna parte. Cuando estaban en Inglaterra, se las arreglaban de cualquier modo, en algún fonducho u hospedería barata. Estaba claro que le gustaba volver a las comodidades a que estaba acostumbrada; pero de sobra sabía que no podía salir ganando con cambio alguno. Y además, Col chester, aunque hombre de valía, ya no estaba, como si dijéramos, en su primera juventud; y acaso temía su mujer que no pudiera «echar mano a otra» –como él decía– tan fácilmente. De to dos modos, fuere por lo que fuere, no había para la buena señora más que «¡Habladurías!» y «¡Sim plezas y cuentos!» Una vez oí al joven míster Apse que le decía en confianza:

»–Le aseguro, señora Colchester, que ya em pieza a preocuparme seriamente el mal nombre que se va echando encima.
»– ¡Bah! –contestó ella, con una risa ron ca–, ¡si fuera una a hacer caso de chismorreos! –Y enseñó al joven Apse la fealdad de toda su dentadura postiza–. Haría falta mucho más que eso para hacerme perder mi confianza en ella; puede usted creerme –añadió.
En este punto, sin el más leve cambio en su expresión facial, míster Stonor lanzó una breve risa sardónica. La cosa podía ser impresionante, pero yo no le veía la gracia. Me quedé mirándo les uno a uno. El desconocido, junto a la chime nea, sonreía de una forma ferozmente siniestra.
–Y míster Apse –prosiguió– la estrechó las dos manos: tal alegría le causaba que se alzase una voz en defensa de su favorita. Todos los Apse, grandes y chicos, estaban perdidamente enamorados de aquella abominable, pérfida...
–Perdóneme usted –interrumpí, desespera do, porque parecía dirigirse exclusivamente a mí–, ¿de quién demonios está usted hablando?
–Estoy hablando de La Familia Apse –con testó, cortés.

A punto estuvo de escapárseme una maldición» Pero en aquel instante miss Blanck asomó la ca beza, y dijo que el coche estaba a la puerta, si míster Stonor quería coger el tren ascendente de las once y tres. Inmediatamente el práctico mayor se alzó, en toda su imponente grandeza, y empezó a luchar para ponerse el abrigo, con pavorosas sacudidas sísmicas. El desconocido y yo nos lanzamos, deci didos, en su ayuda; y tan pronto como pusimos nuestras manos en él, se tornó dócil y pasivo. Te níamos que estirar los brazos hacia lo alto y hacer esfuerzos sobrehumanos. Era como poner un caparazón a un elefante manso. Con un «Gra cias, señores», agachando la cabeza y estrechán dose, franqueó la puerta con gran apresura miento. Todos sonreímos amigablemente.

–No me explico cómo puede arreglárselas para trepar por el costado de un barco –dijo el del traje de mezcla de lana.
Y el pobre Jermyn, que no era más que un simple práctico del Mar del Norte, sin recono cimiento oficial, y al que sólo se le daba ese títu lo por condescendencia, gimió:
–Saca ochocientas libras esterlinas al año.
–¿Es usted marino? –pregunté al descono cido, que había vuelto a acomodarse junto al ruedo de la chimenea.
–Lo he sido hasta hace un par de años, cuan do me casé –respondió aquel hombre comuni cativo–. Y, precisamente, fui por primera vez a la mar en ese mismo buque del que estábamos hablando cuando usted entró.
–¿Qué buque? –pregunté aún más confu so–. No le he oído mencionar ningún buque.
–Acabo de decirle a usted su nombre, señor mío: La Familia Apse. Seguramente habrá usted oído hablar de la gran casa armadora Apse e Hi jos. Tenían una flota numerosa. Allí estaba la Lucy Apse, y la Harold, y Anne, John, Malcolm, Clara, Juliet, y... ¡qué sé yo! Apses por todas partes. Cada hermano, hermana, tía, primo, es posa... y hasta abuela de la casa tenía una barca que llevaba su nombre. Eran buenos buques, sólidos, de tipo antiguo, construidos para trabajar de firme y larga duración. No había en ellos nada de estas novelerías de aparatos para ahorrar trabajo que ahora se estilan, sino muchos marineros y mucha carne salada y mucha galleta a bordo, y... ¡a luchar con el mar, abriéndose camino hasta volver a puerto!

El mísero Jermyn dejó oír un gruñido de aprobación que parecía un quejido de pena. Así era como le gustaban a él los barcos. En tono doliente observó que no se podía gritar a esos artefactos: «¡Animo, muchachos, duro con ello!» Ninguna de esas invenciones era capaz de subir por la jarcia, en una noche de temporal, con la costa a sotavento.

–No –asintió el desconocido, haciéndome un guiño–. Al parecer, tampoco los Apse creían en esas cosas. Trataban bien a su gente... como no se la trataba hoy día, y sentían un orgullo loco por sus barcos. Nunca les había ocurrido nada. Ese último, La Familia Apse, iba a ser como los otros, pero todavía más recio, más se guro, aún más espacioso y cómodo. Lo hicieron; construir de hierro, teca y laurel negro; y las escuadrías de las piezas que se emplearon fue ron algo fabuloso. Si algún barco se mandó construir con un espíritu de orgullo, fue aquél. Todo era de lo mejor. El capitán jefe de la casa era el que iba a mandarlo, y los aposentos que planearon para su acomodo eran como los de una casa en tierra, bajo una enorme y alta popa, que llegaba casi hasta el palo mayor. No es extra ño que la señora Colchester no dejase al viejo renunciar a aquel empleo. Como que en toda su vida de casada no había tenido una casa como aquélla. Era una mujer de nervio.

¡El trabajo que dieron los Apse mientras la barca se construía! "Que esta parte sea un poco más fuerte, que aquello sea más recio..." "¿No sería mejor quitar esto y poner otro más grue so?..." Los constructores se contagiaron de la manía; y así iba creciendo la barca, convirtién dose poco a poco en el buque más mazacote y pesado, para su tamaño, que jamás se ha visto; y esto, ante los ojos de todos y sin que nadie, al parecer, se diera cuenta de ello. Debía tener 2.000 toneladas de registro, o un poco más; pero de ningún modo, menos. Pero vean lo que pasó. Cuando fueron a medirla se encontraron con que tenía 1.999 toneladas y pico. ¡Consternación general! Y dicen que el viejo míster Apse cogió tal berrinche, cuando se lo dijeron, que se me tió en la cama y se murió. Hacía veinticinco años que el buen señor se había retirado del negocio y ya había cumplido los noventa y seis; así es que su muerte no era, después de todo, una cosa tan sorprendente. Sin embargo, míster Lucían Apse estaba persuadido de que su padre hubiera vivido hasta completar el siglo. De modo que podemos encabezar la lista con él. Detrás de él viene el pobre carpintero de ribera a quien la bestia cogió y redujo a papilla al abandonar la grada. Dijeron que aquello era la botadura de un barco; pero he oído decir que por los alaridos y gritos de terror, y el correr de las gentes para ponerse a salvo, más parecía que habían soltado un demonio sobre el río. Rompió todos los calabrotes de contención como si fueran bramantes, y se lanzó como un basi lisco sobre los remolcadores que estaban a la espera. Antes de que nadie pudiera darse cuenta de lo que se proponía, ya había enviado al fon do a uno de ellos, y había puesto a otro en tal estado que necesitó tres meses de reparaciones. Una de sus amarras se partió, y entonces, de repente –sin saber por qué– se dejó recobrar con la otra, con la docilidad de un cordero.

Y así es como era. Nunca podía uno estar seguro de lo que iba a tramar un momento después. Hay barcos difíciles de manejar, pero, ge neralmente, se puede tener la seguridad de que se han de conducir de una manera racional. Con aquella barca, se hiciera lo que se hiciese, no sabía uno nunca en qué iba a acabar. Era una mala bestia. O quizás lo único que tenía era que estaba loca.
Lo dijo con tal tono de convicción, que no pude menos que sonreír, y él dejó de morderse el labio inferior para apostrofarme:

–¿Eh? ¿Por qué no? ¿Por qué no podría ha ber algo en su construcción, en su corte, equi valente a...? ¿Qué es la locura? Nada más que una miaja de algo, una partícula mal puesta en la estructura de los sesos. Por qué no podría haber un barco loco...; quiero decir loco a estilo náutico, de modo que en ningún instante pu diera uno estar seguro de que iba a hacer lo que cualquier otro barco cuerdo y sensato haría cuando uno lo maneja. Los hay que navegan irregularmente; otros a los que hay que vigilar con cuidado cuando corren un temporal, y tam bién los hay que convierten en borrasca la más ligera brisa. Pero uno espera que se conduzcan siempre así. Se lo toma como parte de su carác ter, del género barco, lo mismo que tiene uno en cuenta las rarezas de temple de una persona cuando se anda en tratos con ella. Pero con aquella barca esto no era posible. No había modo de entenderla. Si no era vesánica, era entonces la alimaña más perversa, traidora y feroz que ha surcado la mar. La he visto correr un temporal espléndidamente durante dos días, y al tercero, atravesarse en la mar dos veces en la misma tar de. La primera, lanzó al timonel al aire por enci ma de la rueda; pero como no consiguió matarlo, repitió el intento tres horas después. Metió la proa y la popa en el agua, hizo trizas todo el velamen que le habíamos puesto, infundió el pá nico entre todos los marineros, y hasta asustó a la señora Colchester, allá abajo en aquellos her mosos camarotes de los que tan orgullosa estaba. Cuando reunimos a la tripulación, faltaba uno. Barrido de la cubierta, por supuesto, sin que nadie le viera ni oyera, ¡pobrecillo!, y lo raro era que no faltásemos más.

Siempre así. Siempre. Una vez le oí a un antiguo oficial decir al capitán Colchester, que había llegado a tal punto, que tenía miedo de des pegar los labios para dar una orden cualquiera. Era tan temible en puerto como en la mar. Nunca sabía uno de cierto con qué se la podría amarrar. La más ligera provocación bastaba para que em pezase a romper cabos, cadenas y cables de acero como si fueran fideos. Era amazacotada, pesadí sima, torpe..., pero eso no explica aquel poder que tenía para el mal. El caso es que no puedo pensar en ella sin acordarme de lo que se oye a veces de lunáticos incurables que logran fugar se del manicomio.

Me miró con aire de interrogación; pero claro está que yo no puedo admitir una barca lunática. –En los puertos donde se la conocía –prosi guió– se espantaban sólo de verla. Para ella no era nada arrancar veinte pies de piedra de sille ría, o algo así, del frente de un malecón, o llevarse por delante la mitad de un muelle de madera. Debió de haber perdido miles de cadenas y cien tos de toneladas de anclas en su vida. Cuando se lanzaba sobre algún pobre barco inofensivo, era menester un gran esfuerzo para hacerle abando nar su presa. Y ella nunca salía herida; unos pocos rasguños, todo lo más. Quisieron hacerla fuerte, y lo habían conseguido: fuerte para poder embestir a un témpano polar. Según comenzó, así siguió: desde el día en que la botaron al agua, no dejó pasar un solo año sin asesinar a alguien. Creo que los armadores tuvieron por eso graves problemas; pero era una raza orgullosa la de los Apse: no podían admitir que hubiera nada que no fuese perfecto en La Familia Apse. Ni siquiera se avinieron a cambiarla de nombre. «¡Simplezas y cuentos!», como decía la señora Colchester. De bían, al menos, haberla encerrado de por vida en algún dique seco, río arriba, y no dejarla que volviese a oler el agua salada. Le aseguro a usted, señor mío, que, invariablemente, mató un hom bre en cada viaje que hizo. Todo el mundo lo sabía; se hizo célebre por ello en todas partes.

Yo mostré mi sorpresa de que un buque, con tal fama de homicida, pudiera encontrar tripu lantes.
–Pues, entonces, es que no sabe usted lo que son los marineros. Déjeme contarle un caso. Un día, aquí en el puerto, mientras me paseaba por el castillo de proa, vi pasar a dos lobos de mar de muy buen aspecto: uno de ellos, de alguna edad y, a todas luces, formal y competente; el otro, un mozo alegre y avispado. Leyeron el nom bre en la popa, y se pararon a mirarla. Dijo el más viejo:
»–La Familia Apse. Esta es la perra sanguina ria –empleó otros términos–, Jack, que mata a un hombre en cada travesía. No me contrataría en ella por todo el oro del mundo. No, señor.
»Y el otro dijo:
»–Si fuera mía, la haría remolcar hasta em barrancaría en el fango y la prendería fuego; le juro que sí.
«Después añadió el primero:
»–¡Poco les importa a los amos! Los hom bres son cosa barata, bien lo sabe Dios.
»El más joven escupió en el agua, junto al costado.
»–A mí no me pescarían... ni aunque me die ran doble jornal.
«Después de detenerse un rato, siguieron su marcha por el muelle. Media hora después vi a los dos sobre cubierta, buscando al primer oficial y, al parecer, con grandes ganas de que se les contratase. Y se les contrató.
–¿Cómo se explica usted eso? –pregunté.
–¡Qué quiere usted que le diga! Inconscien cia... La vanidad de alardear aquella noche entre sus compañeros: «Nos acabamos de ajustar en La Familia Apse. A nosotros no nos asusta.» Pura fanfarronería de la gente de mar. Una especie de curiosidad. Bueno..., un poco de todo eso, sin duda. Durante el viaje se lo pregunté a los dos. La contestación del más viejo fue: «Nadie se muere más que una vez.» El más joven me ase guró, en tono de burla, que lo que él quería era ver «cómo iba a hacerlo esta vez». Pero yo le diré lo que pasaba: había una especie de fascinación en aquella bestia.
Jermyn, que parecía haber visto todos los barcos que hay en el mundo, refunfuñó malhumo rado:
–La vi una vez, desde esta misma ventana, subir a remolque por el río: una cosa enorme, ne gra y fea, deslizándose como una gran carroza fúnebre.
–Algo de fatídico en su aspecto, ¿no es ver dad? –dijo el del traje de mezcla de lana, diri giendo a Jermyn una mirada cordial–. Siempre me produjo una sensación de horror. Cuando no tenía yo más que catorce años me dio un susto terrible en el mismo día, o mejor dicho, en la misma hora en que me embarqué en ella por vez pri mera. Mi padre había ido a despedirme, y pensa ba bajar con nosotros hasta Gravesend. Yo era el segundo de sus hijos que se iba a la mar. Mi her mano mayor era ya oficial por entonces. Fuimos a bordo a eso de las once de la mañana, y encon tramos el barco dispuesto ya para salir de la dár sena, remolcado de popa. No había avanzado tres veces su propio largo, cuando, a un ligero tirón que le dio el remolcador para llevarlo hacia las compuertas, respondió con una de sus súbitas espantadas e hizo tal presión sobre la guindaleza que lo retenía desde el muelle –un calabrote nue vo de seis pulgadas– que, sin dar tiempo a los de popa para que lo aflojasen, se rompió. Vi sal tar por el aire el extremo roto, y un instante después aquella bestia dio un bandazo contra la cabeza, del muelle, y la sacudida fue tal, que hizo dar un traspiés a todos los que estábamos en cubierta. No se causó a sí mismo el menor daño, ¡no había cuidado! Pero uno de los grumetes a quien el primer oficial había mandado subir a lo alto del palo de mesana para hacer no sé qué, cayó sobre la toldilla..., ¡pum!..., delante de mí. Era poco más o menos de mi edad y habíamos estado haciéndonos muecas unos minutos antes. La sacudida debió de cogerle desprevenido. Oí su grito de espanto, un alarido agudísimo y entrecor tado, cuando se sintió caer, y alcé los ojos a tiem po para verle dar la vuelta en el aire... ¡Uf! Mi pobre padre estaba pálido como un muerto cuan do nos estrechamos las manos en Gravesend.
»–¿Te encuentras a gusto? –me preguntó, mirándome fijamente.
»–Sí, padre.
»–¿Estás seguro?
»–Sí, padre.
»–Bueno, pues entonces, adiós, hijo mío.
»Me dijo, tiempo después, que con nada más que media palabra me hubiera vuelto con él a casa en aquel mismo instante. Yo soy el pequeño de la familia, ¿sabe usted? –añadió, atusándose el bigote, con una sonrisa candorosa.

Le agradecí aquella interesante declaración con un murmullo de simpatía. El hizo un ademán de excusa.

–Aquello podía haber desquiciado los nervios de cualquier muchacho que tuviera que subir a lo alto de los palos. Cayó a dos pies de mí, abrién dose la cabeza contra un abitón de amarre. No se movió: muerto en el acto. Parecía un chiquillo simpático, y acababa yo de pensar que íbamos a hacer una gran amistad. Sin embargo, esto no era lo peor que aquella fiera de nave era capaz de hacer. Serví en ella durante tres años y des pués me trasladaron, por un año, a la Lucy Apse. Allí me encontré al maestro de velas que había mos tenido en La Familia Apse, y recuerdo que me dijo una noche, cuando ya llevábamos una semana de viaje: «¿No es esto una monada de barquito?» No es nada extraño que considerá semos a la Lucy Apse como un barquito manso y apacible, después de habernos librado de aque lla descomunal, encabritada y frenética bestia. Aquello era un cielo: sus oficiales me parecían la gente más reposada y feliz de la tierra. Para mí, que no había conocido otra nave sino La Fa milia Apse, la Lucy era como una embarcación mágica, que hacía, por su propio impulso, todo cuanto uno deseaba. Una noche nos sorprendió, de pronto, un fuerte golpe de viento por avante, con todo el aparejo en facha: en menos de diez minutos el barco estaba trabajando con todo el velamen, las escotas a popa, las amarras templa das, la cubierta en orden y el oficial de guardia reclinado plácidamente en el pasamanos a barlo vento. Me parecía aquello cosa de maravilla. La otra se hubiera quedado media hora sin dejarse mover, como sujeta con grilletes, dando banda zos que inundarían la cubierta, haciendo rodar a la gente de un lado para otro... con crujidos de perchas, rotura de brazas y un horrible pánico a popa por causa del condenado timón, pues te nía la costumbre de azotarse con él, a un lado y a otro, hasta ponerle a uno los pelos de punta. Tardé unos días en salir de mi asombro.

«Bueno. Acabé mi último año de aprendizaje en aquella monada de barquito..., que no era pe queño, pero, después de aquel monstruo endria go, parecía que se le manejaba como un juguete. Terminé mi tiempo y obtuve el título de piloto; y precisamente cuando estaba pensando en las delicias de tres semanas de vacaciones en tierra, recibí una carta, mientras desayunaba, pregun tándome qué día estaría listo para embarcarme, lo antes posible, como tercer oficial de La Fami lia Apse. Di tal empujón al plato que lo arrojé al centro de la mesa; mi padre alzó la vista del perió dico; mi madre levantó las manos asombrada, y yo salí, sin nada en la cabeza, a nuestro pequeño jardín y estuve dándole vueltas durante una hora. »Cuando volví a entrar mi madre había salido del comedor, y mi padre se había trasladado a su gran butaca. La carta estaba abierta sobre la chimenea.

»–Es cosa que te honra mucho ese ofreci miento, y han sido muy amables al hacértelo –me dijo–, y veo también que Charles ha sido nom brado primer oficial de ese mismo barco para este viaje.
»Había, en efecto, una postdata con esa noticia, de mano de míster Apse, y que yo no había advertido. Charles era mi hermano mayor.
»–No me gusta nada tener a dos de mis hijos en un mismo barco –prosiguió mi padre en su acostumbrado tono pausado y solemne–. Y te advierto que no me importaría nada escribir una carta a míster Apse diciéndoselo así.

«¡Pobre viejo! ¡Era un padre maravilloso! ¿Qué hubiera hecho usted? La sola idea de vol ver otra vez (y, lo que es peor, de oficial) a ser perseguido y atormentado por aquella fiera, a vivir en continua alarma noche y día, me ponía enfermo. Pero no era un barco al que uno pudiera permitirse hacer ascos. Además, no podía alegar la única disculpa sincera, sin causar una mortal ofensa a Apse e Hijos. La casa armadora, y creo que toda la familia contando hasta las tías solte ronas en Lancashire, se habían vuelto extrema damente puntillosas en cuanto a la fama de aque lla nave. Era éste un caso como para contestar: «Estoy preparado», aunque fuera desde el lecho de muerte, si se quería morir en buenos términos con ellos. Y eso es precisamente lo que contes té... por telégrafo, para acabar pronto y de una vez.

»La idea de ser compañero de barco de mi her mano mayor me causaba gran alegría, aunque también me preocupó un poco. Había sido muy bueno conmigo hasta donde alcanzaba mi memo ria de niño; y él, a mis ojos, no tenía par en el mundo. No se ha paseado un oficial más cumplido por la toldilla de un buque mercante. Era un mozo gallardo, fuerte, erguido, de piel curtida, con el pelo obscuro y algo rizado y los ojos de un halcón. Hacía muchos años que no nos habíamos visto y en aquella ocasión, aunque ya llevaba tres semanas en Inglaterra, aún no había apare cido por casa, y estaba empleando sus ocios en no sé qué lugar de Surrey, cortejando a Maggie Colchester, sobrina del viejo capitán. El padre de la muchacha se dedicaba al negocio del azúcar, y Charles había convertido su residencia en una especie de segunda casa paterna. Me preocupaba lo que mi hermano mayor pensaba de mí. Había en su rostro un aire de severidad que no le aban donaba nunca, ni siquiera cuando estaba de bro ma, a su manera, un tanto estrambótica.

»Me recibió con una gran carcajada. Juzgaba, sin duda, mi embarque como oficial la cosa más graciosa del mundo. Mediaban diez años de dife rencia entre nosotros y, por lo visto, no podía recordarme bien, sino con delantal; era yo un niño de cuatro años cuando él se fue a la mar. No le creía capaz de mostrarse tan expresivo y ruidoso.

«–Ahora veremos de qué madera estás hecho –exclamó. Y me miró, sujetándome por los hom bros; me dio un empellón y me metió en su ca marote–. Siéntate, Ned. Es una suerte tenerte conmigo. Voy a darte los toques finales, mi joven oficial, con tal de que valgas la pena. Y, ante todo, tienes que meterte bien en la cabeza la idea de que no vamos a dejar que la fiera mate a nadie en este viaje. Vamos a atarla corto.

»Me di cuenta de que lo decía con toda su alma. Habló en tono grave del barco y de cómo teníamos que estar siempre alerta y no dejar nunca a la horrible alimaña que nos cogiera des prevenidos en alguna de sus infames maquina ciones. Me dio una conferencia sobre navegación especial para uso de La Familia Apse; y después, cambiando de tono, empezó a charlar sin ton ni son, contándome las más extrañas y graciosas tonterías, hasta dolerme todo el cuerpo de tanto reír. Se veía claramente que algo extraordinario debía de pasarle, para expresar tan desmesurada alegría. No podía ser por mi llegada: no era para tanto. Pero no había cuidado de que pensase yo en preguntarle qué le pasaba: sentía por mi her mano mayor todo el respeto debido. La cosa se puso en claro uno o dos días después, cuando oí que miss Magie Colchester iba a acompañarnos en el viaje. Su tío la había invitado a una excur sión por mar para atender a su salud.

»No sé lo que habría de deficiente en su salud. Tenía el color de una rosa y una estupenda cabe llera rubia. No le importaba el viento, ni la lluvia, ni las salpicaduras de las olas, ni el sol, ni los golpes de mar, ni ninguna otra cosa. Era una mu chacha de ojos azules, jovial y de la mejor con dición; pero la audacia con que trataba a mi her mano mayor me asustaba a veces, y siempre creí que aquello acabaría en una terrible pelea. Sin embargo, nada decisivo ocurrió hasta que llevá bamos ya una semana en Sidney. Un día, a la hora del rancho de los marineros, Charles asomó la cabeza en mi camarote. Yo estaba tumbado en el sofá, fumando pacíficamente.

»–Ven a tierra conmigo, Ned –dijo con su laconismo habitual.
»Me levanté de un salto, por supuesto, y bajé con él la pasarela y subí por George Street. Mar chaba con unas zancadas de gigante, y yo iba a su lado, jadeante. El calor era insoportable.
»–¿Adonde me llevas a este paso? –me atre ví a preguntarle.
»–Aquí –me dijo.
»Aquí era una joyería. No podía imaginarme qué es lo que podía buscar en tal sitio. Parecía una chifladura. Me puso delante de las narices tres sortijas, que parecían diminutas en la palma de su mano, grande y morena, y gruñó: »–¡Para Maggie! ¿Cuál de éstas? »Me dio tal susto que me quedé sin voz; pero señalé una de ellas que despedía fulgores blancos y azules. Se la metió en el bolsillo del chaleco, pagó con un buen puñado de soberanos y salió disparado. Cuando llegamos a bordo, me faltaba el aliento.
»–Venga esa mano, viejo –le dije, felicitándole.
»El me dio un espaldarazo.
»–Da las órdenes que quieras al contramaestre, cuando la gente acabe de comer –dije esta tarde estoy libre de servicio.

«Después desapareció de cubierta, pero al poco rato volvió a salir del camarote con Mag gie, y los dos se fueron por la pasarela, a vistas de toda la tripulación, para dar juntos un paseo, en aquel día de horrible calor abrasador, con nu bes de polvo volanderas. Volvieron después de unas horas, con aire muy grave y comedido, pero no parecían tener la más remota idea de dónde habían estado. Al menos, eso contestaron ambos, cuando se lo preguntó la señora Colchester a la hora del té. Y ella arremetió contra Charles, con su vozarrón de cochero:

»–¡Tonterías! ¡No saben por dónde han an dado! ¡Cuentos y simplezas! Has dejado a la chi ca derrengada. No lo vuelvas a hacer.
»Era pasmosa la paciencia de Charles con aquella vieja. Sólo una vez me dijo al oído:
»–¡Lo que me alegro que no sea tía carnal de Maggie, sino política! Y eso no es casi paren tesco.
»Pero era demasiado condescendiente con Maggie. Andaba saltando por todo el barco con su falda deportiva y una gran boina escocesa de lana roja, como un pájaro llamativo y vistoso sobre el tronco muerto y negro de un árbol. Los marineros veteranos se miraban sonriendo al ver le llegar y se ofrecían a enseñarla a hacer nudos y lazos; parecía que gustaba de esas cosas, acaso porque podían agradar a Charles.

»Como pueden imaginarse, jamás se hablaba a bordo de las diabólicas inclinaciones de aquel condenado buque, o, al menos, nunca se hablaba en la cabina. Sólo en una ocasión en el viaje de regreso, dijo Charles, irreflexivamente, algo de que, por aquella vez, la dotación regresaba com pleta. Inmediatamente el capitán Colchester em pezó a agitarse como si sintiera un hormigueo por todo el cuerpo, y aquella vieja necia y des lenguada, se revolvió contra Charles como si hu biera dicho una indecencia. Yo no sabía adonde mirar, y en cuanto a Maggie, estaba inmóvil, con los grandes ojos azules muy abiertos. Por su puesto, antes de que pasase el día, ya me había sonsacado toda la historia. No era persona a quien se pudiera mentir.

»–¡Qué espantoso! –dijo, solemne–. ¡Tan tos pobres infelices! Me alegro de que se esté aca bando el viaje. Ya no podré tener un momento de tranquilidad con Charles.
»Le aseguré que no le pasaría nada. No era bastante aquel barco para habérselas con un ma rino como Charles. Y ella estuvo de acuerdo.
»Al día siguiente nos recogió un remolcador a la altura de Dungeness; y, una vez amarrado el cable de remolque, Charles se frotó las manos y me dijo en voz baja.
»–Esta vez hemos podido con ella, Ned. »–Así parece –le contesté sonriendo. »Hacía un tiempo hermoso y el mar estaba liso como un estanque. Remontamos el río sin el menor tropiezo; sólo frente a Hole Haven la bestia dio un repentino viraje y casi embistió a una barcaza que estaba anclada a gran distancia. Yo estaba a popa, vigilando al timonel, y, por aquella vez, no logró cogerme desprevenido. Char les se acercó con aire muy preocupado.
»–Poco ha faltado –dijo.
–No importa, Charles –le contesté alegre mente–. Tú la has domado.
»Nos iban a remolcar directamente al dique. El práctico del río nos abordó más abajo de Gravesend, y lo primero que le oí decir fue:
–Lo mejor que pueden hacer es lanzar en seguida el ancla de babor, míster Mate.

»Ya se había ejecutado esa orden para cuan do yo dejé la popa. Vi a Maggie en el castillo de proa, entretenida en ver el trajín de las ma niobras, y le rogué que se fuese de allí; pero, por supuesto, no me hizo el menor caso. La vio entonces Charles, que estaba ocupadísimo con los preparativos para fondear, y le gritó con to das sus fuerzas:

»–¡Vete del castillo, Maggie! Estás estor bando.

»Por toda respuesta, le sacó la lengua, y vi al pobre Charles volver la cabeza hacia un lado para ocultar una sonrisa. Estaba excitada por la emo ción del regreso, y parecía que sus ojos azules despedían chispas eléctricas cuando miraba al río. Un bergantín carbonero había virado enfrente de nosotros, y nuestro remolcador tuvo que parar las máquinas apresuradamente para evitar un choque. En un momento, como ocurre casi siempre en casos semejantes, se armó entre to das las embarcaciones que estaban por aquellas cercanías una indescriptible confusión y un gran desorden. Una goleta y un queche tuvieron una pequeña colisión, por su cuenta, en mitad del río. Era un espectáculo emocionante; y, entre tanto, nuestro remolcador seguía parado. A cual quier otra nave que no fuera nuestra bestia hu biera sido posible convencerla de que se mantu viera quieta y en derechura un pan de minutos; pero ¡a ella, no! Echó la proa a un lado inmedia tamente, y empezó a irse a la deriva río abajo, arrastrando tras ella al remolcador. Vi un grupo de barcos costeros a un cuarto de milla de nos otros, y creí prudente advertir al práctico.

»–Si la deja usted meterse entre aquel re baño –le dije tranquilamente– convertirá en astillas a alguno de ellos, antes de que podamos sacarla de allí.
»–¡Como si yo no la conociera! –gritó fu rioso, dando una patada en el suelo.

»Y sacó el silbato para hacer que aquel endia blado remolcador enderezase la proa de nuestra nave lo antes posible. Pitaba como un loco, agi tando el brazo hacia babor, y a poco vimos que las máquinas del remolcador estaban marchan do avante. Las ruedas batían el agua, pero era como si se hubiera propuesto remolcar un peñasco: no conseguía mover a la nave una pulga da. Otra vez volvió el práctico a tocar el silbato y agitar el brazo hacia babor, y vimos las palas del remolcador girar más y más de prisa delante de nosotros. Durante un momento, remolcador y barca permanecieron inmóviles, entre una multitud de embarcaciones en marcha: y entonces la terrible fuerza que aquel monstruo cruel y demoníaco ponía siempre en todo, arrancó de cuajo el pasa cabos de hierro por el que se deslizaba el cable de remolque. Este se corrió hacia babor, rom piendo uno a uno los puntales de hierro del pa samanos de proa como si fueran de cera. Fue entonces cuando me di cuenta de que, para ver mejor por encima de nosotros, Maggie se había puesto de pie sobre el ancla de babor, tendida en la cubierta del castillo. Había sido colocada el ancla en su "cama", pero no había habido tiempo para trincarla, y bastante segura estaba así para entrar en la dár sena; pero entonces vi que, en un segundo, el cable iba a meterse por debajo de una de las uñas. El corazón se me subió a la garganta, pero no antes de que pudiera gritar:

–¡Salta fuera del ancla!
»Pero no tuve tiempo de gritar su nombre; y no creo que me llegase a oír. El primer toque del cable contra la uña arrojó a la muchacha al suelo. Se irguió rápida, en un instante, pero incor porándose por el lado del peligro. Oí un ruido de roce estridente, y entonces el ancla, dando la vuelta, se levantó como una cosa viva; con su enorme y tosco brazo de hierro cogió a Maggie por el talle, pareció estrecharla en un espantoso abrazo, y cayó con ella por el costado con un gran estruendo de metal, seguido de vibrantes golpes que hacían estremecerse a la barca de punta a punta, porque la boza de serviola no había ce dido.

»–¡Qué horrible! –exclamé. «Durante años enteros he soñado a menudo con áncoras que arrebataban muchachas –conti nuó el narrador, desvariando un poco. Se estre meció y siguió–: En el mismo instante, con un grito desgarrador, Charles se tiró de cabeza tras ella. Pero, ¡Señor!, no llegó ni siquiera a alcanzar un atisbo de la boina roja en el agua. ¡Nada! ¡Ab solutamente nada! En un momento se había re unido media docena de botes a nuestro alrededor, y lo sacaron y lo metieron en uno de ellos. El con tramaestre, el carpintero y yo fondeamos apre suradamente la otra ancla y logramos detener la barca. El práctico estaba atontado. Recorría arri ba y abajo la cubierta del castillo, retorciéndose las manos y murmurando entre dientes:
»–¡Ya mata mujeres! ¡Ahora mata mujeres! »Y ninguna otra palabra surgía de su boca. «Atardeció y cayó la noche, negra como brea; y al asomarme sobre el río, oí una llamada, en voz baja y medrosa:»
–¡Ah, de la barca!

»Dos boteros de Gravesend se acercaron al costado. Tenían una linterna en su esquife, y mi raban hacia arriba, agarrados a la escala, sin de cir palabra. En la mancha de luz que arrojaba la linterna, vi allá abajo una masa de pelo rubio desmadejado.

Se estremeció otra vez. –Al volver la marea, el cuerpo de la pobre Maggie había salido a flote, desprendiéndose de una de aquellas grandes boyas de amarre. Llegué hasta la popa medio muerto y, con gran esfuerzo, lancé un cohete al aire para avisar a los hombres que andaban buscando por el río. Después me escurrí, furtivamente, a proa, y pasé toda la no che sentado en el arranque del bauprés, para estar todo lo lejos posible de Charles. –¡Pobre muchacho! –murmuré. –Sí. ¡Pobre muchacho! –repitió, abstraído–. Aquella bestia no permitió..., ¡ni aun a él!..., que le sustrajera su presa. Pero él la dejó amarrada en la dársena a la mañana siguiente. Tuvo el valor de hacerlo. No habíamos intercambiado una sola palabra, ni siquiera una mirada; yo no quería mirarle. Cuando el último cabo quedó en su sitio, se llevó las manos a la cabeza y se quedó miran do al suelo, como si tratase de recordar algo. Los marineros aguardaban sobre cubierta las pala bras de despedida, al fin del viaje. Quizás era aquello lo que trataba de recordar. Yo hablé por él:
–¡Gracias, muchachos!

»Nunca vi a una tripulación dejar un barco más quedamente. Uno tras otro, sé fueron disi muladamente, tratando de no hacer demasiado ruido con sus cofres de mar. Echaban una mirada hacia nosotros, pero ninguno tuvo valor para adelantarse a estrechar la mano del primer ofi cial, como de costumbre. Yo le seguí de un lado para otro por la nave desierta, donde no se veía más alma viviente que nosotros, pues el viejo guardián se había ence rrado en la caseta de la cocina. De pronto el po bre Charles murmuró con voz de loco:

»–Ya he acabado aquí.
«Atravesó la pasarela, conmigo a la zaga, y siguió por el muelle hacia Tower Hill. Acostum braba a alojarse en casa de una hospedera res petable, en America Square, para estar más cer ca de sus quehaceres.
»Se paró repentinamente; dio la vuelta y re trocedió hacia mí.
»–Vamonos a casa, Ned.
«Tuve la suerte de ver en aquel momento un coche y meterlo en él a tiempo; las piernas ya no le sostenían. Al entrar en casa se desplomó sobre una silla, y nunca olvidaré las caras de nuestros padres, pasmadas y suspensas, inclina das sobre él. No podían comprender lo que le pasaba, hasta que yo pude balbucir:
»–Maggie se ahogó ayer en el río.

»Mi madre lanzó un grito. Mi padre se puso a mirarnos, alternativamente, como si comparase nuestras caras, pues la verdad era que la de Char les estaba tan cambiada que no parecía la misma. Nadie se movía; y el pobre muchacho levantó lentamente sus manazas hasta la garganta y de un solo tirón lo hizo todo trizas, cuello, camisa, cha leco, y quedó convertido en una completa ruina. Entre mi padre y yo lo subimos con gran trabajo por las escaleras y nuestra pobre madre estuvo a punto de perder la vida, cuidándole sin des canso durante una larga fiebre cerebral.

El hombre del traje de mezcla de lana movió la cabeza sentenciosamente.
–No se podía hacer nada con la bestia. Es taba poseída de un espíritu infernal.
–¿Dónde está su hermano? –pregunté, cre yendo que me diría que había muerto. Pero es taba mandando un vapor en la costa de China, y ahora no venía nunca por Inglaterra.
Jermyn lanzó un hondo suspiro, y como el pañuelo estaba ya bastante seco, lo acercó suave mente a su roja y lamentable nariz.
–Era una fiera insaciable –comenzó de nue vo el narrador–. El viejo Colchester se plantó al fin, y dimitió. ¿Y lo creerán ustedes? Apse e Hijos le escribieron para que lo pensase me jor. Todo antes que menoscabar el buen nombre de La Familia Apsel Colchester fue a la oficina y les dijo que volvería a mandarla otra vez; pero sólo para ir con ella al Mar del Norte, y echarla a pique. Había perdido los estribos. Tenía el pelo de un gris obscuro, pero en dos semanas se le había puesto blanco como la nieve. Y míster Lucian Apse, aunque se habían conocido desde mu chachos, aparentaba no notarlo. ¿Eh? ¡Hasta dón de puede llegar una debilidad! ¡Eso se llama orgullo!

»Se agarraron al primero de quien pudieron echar mano para mandarla, por temor al escán dalo de que no se pudiese encontrar un capitán para La Familia Apse. Era un hombre divertido, según creo, pero que se pegó al puesto como una lapa. Wilmot, su segundo oficial, era un sujeto con la cabeza llena de pájaros, que presumía de un gran desprecio por las mujeres. En el fondo, no era sino timidez. Pero bastaba con que una de ellas hiciera una seña con el dedo meñique para animarle, y el pobre diablo perdía todo fre no. Durante su aprendizaje desertó una vez, en un puerto extranjero, atraído por unas faldas, y hubiera sido su perdición si el capitán no llega a tomarse la molestia de ir en su busca y sacarle, por las orejas, de cierto lugar de perdición. Se decía que a uno de los de la casa arma dora le habían oído decir que aquella maldita nave se perdería pronto. No puedo creer tal cosa, a menos que no fuera míster Alfred Apse, a quien la familia tenía en muy poco. Lo empleaban en la oficina, pero lo consideraban como un perdido incorregible, que se pasaba la vida en las carreras de caballos y volvía borracho a casa. Todos pen saban que un barco tan lleno de perversos desig nios se estrellaría algún día contra la costa, por pura maldad. Pero no había cuidado con él; iba a durar siempre. Tenía un olfato especial para guardarse de los peligros.

Jermyn dejó oír un gruñido de asentimiento.
–Una nave que parecía hecha a la medida para gustar a un piloto, ¿no es eso? –prosiguió, irónico, el que hablaba–. Pues bien, Wilmot con siguió acabar con ella. Era el hombre indicado, pero puede que ni aun él hubiera llegado a dar el golpe sin aquella institutriz de ojos verdes, aya, o lo que fuera, de los niños del matrimonio Pamphilius.

»Los Pamphilius se embarcaron como pasaje ros desde Port Adelaida hasta El Cabo. La nave se puso en franquía y ancló fuera del puerto, para pasar allí el día. El capitán, espíritu hospi talario, había invitado a mucha gente de la ciu dad para un almuerzo de despedida, según era su costumbre. Era ya las cinco de la tarde cuan do el último bote, lleno de comensales, se separó de nuestro costado; y el tiempo parecía sombrío y amenazador en el golfo. No había ninguna ra zón para que el capitán se hiciera a la mar. Sin embargo, como había dicho a todo el mundo que se marchaba aquel día, se creyó en la obligación de irse, fuera como fuese. Pero no se sentía con ánimos, después de la fiesta, para sortear los estrechos de noche y con viento débil, y dio órdenes de mantener el buque con sólo la gavia y el trinquete, ciñéndose todo lo posible al viento, y seguir despacio a lo largo de la costa, hasta el amanecer. Después se fue en busca de su casto lecho. El primer oficial estaba sobre cubierta dejando que los chubascos le lavasen la cara a conciencia. Wilmot lo relevó a medianoche. La Fa milia Apse, como usted ha dicho, tenía una caseta a popa...

–Una cosa grande, fea, blanca, que se desta caba... –murmuró tristemente Jermyn, mirando al fuego.
–Así era; servía, a la vez, de vestíbulo para la bajada a la cámara y de cuarto de derrota. La lluvia azotaba a ráfagas al adormilado Wil mot. La nave avanzaba entonces, calmosamente, hacia el sur, ceñida al viento, con la costa a unas tres millas a barlovento. No había nada que re quiriese especial vigilancia en aquella parte del golfo, y Wilmot fue a guarecerse de los chubas cos al socaire de la caseta, cuya puerta, por aquel lado estaba abierta. La noche era negra como un barril de alquitrán. Y fue entonces cuando oyó una voz queda de mujer que le hablaba.

«Aquella endiablada muchacha, de los ojos verdes, de los Pamphilius, había acostado a los pequeños hacía ya largo rato, por supuesto; pero, al parecer, ella no podía conciliar el sueño. Oyó repicar las ocho campanadas, y al primer oficial bajar a acostarse. Esperó un rato, se puso la bata, cruzó de puntillas el desierto salón, y subió las escaleras del cuarto de derrota. Allí se sentó en un sofá, junto a la puerta abierta, su pongo que para refrescarse. Me figuro que cuando ella le habló en voz baja fue como si alguien hubiera encendido de pronto un fósforo dentro del cerebro de aquel mozo. No sé cómo habían llegado a amartelarse hasta aquel punto. Creo que ya se habían habla do antes en tierra. No pude ponerlo en claro, porque, al contarme Wilmot la historia, interca laba entre cada dos palabras, una ristra de blas femias. Me encontré con él en el muelle de Sid ney, y llevaba un delantal, hecho de sacos, que le subía hasta la barbilla, y una gran tralla en la mano. Estaba de carretero, y muy contento de tener algo que hacer y no morirse de hambre. Tan bajo había caído. Allí estaba él, pues, con la cabeza dentro de la caseta y, probablemente, reclinado sobre el hombro de la muchacha, ¡el oficial de guardia! El timonel, al prestar declaración después, dijo que había gritado varias veces que la luz de la bitácora se había apagado; a él no le importaba, puesto que las órdenes que había recibido eran de "ceñirse todo lo posible".

»–Me chocó –dijo– que la nave se desviase a sotavento hacia los chubascos, pero yo orzaba cada vez que eso ocurría, y procuraba mantener la ceñida. Era tanta la obscuridad, que no alcan zaba a ver mis propias manos, y el agua me caía a cántaros sobre la cabeza.

»La verdad era que cada ráfaga de viento des viaba un poco la proa hacia tierra, hasta que gradualmente llegó a enderezar la proa a la costa, sin que nadie a bordo reparase en ello. El propio Wilmot confesó que había dejado pasar más de una hora sin acercarse a la brújula. ¡Cómo no iba a confesarlo! Desasió su cuello de los brazos que le suje taban y respondió con otro grito:

»–¿Qué dices?
»–Creo que se oyen rompientes por avante –vociferó el marino.

»Y vino corriendo a popa con los demás de la guardia "en medio del más espantoso diluvio que jamás cayó del cielo", como decía Wilmot. Estaba tan sobrecogido y desconcertado, que du rante unos momentos no podía acordarse en qué parte del golfo estaba la nave. No era un buen oficial, pero era, con todo, un marino. En un se gundo se había adueñado de sí mismo, y las órdenes que había que dar llegaron a sus labios inopinadamente. Fueron las de orzar y enfilar la gavia y la sobremesana con el viento para que, cogiéndolas al través, no hicieran fuerza sobre ellas. Así se hizo, y parece que esas velas dejaron de trabajar. No podía verlas; pero las sentía flamear y dar aletazos sobre su cabeza. ¡Todo inútil! Era demasiado lenta para obedecer –de cía Wilmot, con la cara sucia, contraída, y la tralla de carrero temblando en su mano–. Pa recía que estaba clavada. Y entonces el aleteo de la lona, allá en lo alto, cesó; en aquel instante crítico, una ráfaga de viento desvió aún más la nave, llenó las velas y la lanzó con ímpetu sobre las rocas a sotavento. En aquella su última ju garreta la fiera había ido demasiado lejos. Había llegado su hora: el momento, el hombre, la ne grura de la noche, la ráfaga traicionera..., la mujer predestinada para acabar con ella. No me recía otra cosa. Son extraños designios de la Providencia. Hay una especie de justicia poética.

»El primer arrecife sobre el que pasó, le des gajó toda la falsa quilla... ¡rrrip...! El capitán, al precipitarse fuera de su camarote, encontró a una mujer enloquecida, con una bata de franela encarnada, que daba vueltas y vueltas al salón, chillando como una cacatúa. El golpe siguiente la arrojó debajo de la mesa. Arrancó el codaste y se llevó el timón, y entonces la bestia se fue contra la costa rocosa, destrozándose el fondo, hasta que se paró en seco, y el trinquete se des plomó sobre la proa como una pasarela.

–¿Hubo víctimas? –pregunté.
–Ninguna, a no ser aquel diablo de Wilmot –contestó el señor, a quien miss Blanck no había visto nunca, buscando su gorra con la mirada–. Y su desgracia fue mayor que si se hubiese aho gado. Todo el mundo llegó a tierra sano y salvo. El temporal no vino hasta el día siguiente, so plando del Oeste, y deshizo a aquella bestia con una rapidez sorprendente. Fue como si tuviese podridas las entrañas... –cambió de tono–. Ya no llueve. Tengo que recoger la bicicleta y correr a casa para cenar. Vivo en Herne Bay, salí esta mañana a dar un paseo.
Me saludó con un ademán amistoso y se fue jactanciosamente.
–¿Le conoce usted, Jermyn? –pregunté.

El práctico del Mar del Norte sacudió la ca beza negativamente.
–¡Perder un barco de una manera tan tonta! ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! –murmuró con lúgu bre tono, extendiendo otra vez su pañuelo húme do, como una cortina, ante los carbones encen didos.
Al marcharse intercambié una mirada y una sonrisa –estrictamente correcta– con la respe table miss Blanck, camarera de Las Tres Cor nejas.

jueves, 24 de febrero de 2011 en 1:52

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